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Lunes, 14 Marzo 2016 11:38

Artículo 21

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                                                                                                             TASA DE NATALIDAD


La tasa de natalidad es un problema que cada vez preocupa más en los países desarrollados. Recientemente se han publicado datos alarmantes sobre la demografía en uno de los países más avanzados del mundo: Japón.


Según revelan esos mismos datos, en los últimos 5 años este país ha perdido casi 1 millón de habitantes, de los alrededor de 127 millones de personas que lo habitan. Las autoridades niponas se han puesto manos a la obra para intentar que la población no caiga en el tiempo por debajo de los 100 millones, lo cual ya supone una verdadera tragedia, porque estamos hablando de una disminución del 20% de habitantes. Sin embargo, podrían ser cifras optimistas, teniendo en cuenta la opinión de los expertos que vaticinan para finales de este siglo una reducción de esta población del 40%, hasta los 83 millones de habitantes.


Claro, el problema que plantea esta situación es que económicamente se hace insostenible, porque si en la actualidad el porcentaje de japoneses mayores de 65 años alcanza el 25% de la población, esa cantidad seguirá aumentando progresivamente en años sucesivos, lo que implica que los gastos en pensiones y en sanidad se disparan mientras el número de trabajadores activos disminuye.


Entre los 20 países más poblados del mundo, parece que Japón es el único en el que este fenómeno de disminución demográfica se está produciendo, lo que se traduce en una creciente preocupación entre las autoridades niponas. En el resto de occidente este problema parece no preocupar en exceso, muy particularmente en España, donde ningún partido político toma el toro por los cuernos en previsión de que las pensiones llegará un día en que no puedan pagarse.


Vislumbrar el problema ya es un avance, porque eso supone que se tendrán que buscar soluciones, pero cuando se produce una sangría de esta naturaleza, además de reconocerla es necesario conocer las causas, para poder aplicar el torniquete que la frene.


En otras épocas se podía aludir a las dificultades económicas como motivo principal para no tener hijos, pero eso hoy no se sostiene, porque en un país de los más ricos del mundo como es Japón, es evidente que si la tasa de natalidad desciende a esa velocidad, es porque un porcentaje muy alto de la población, con más o menos recursos económicos, ha decidido no tener descendencia o tener como mucho 1 hijo.


Se habla mucho de la necesidad, en el caso de las mujeres, de renunciar a sus carreras profesionales cuando deciden ser madres. Esto forma parte del problema, pero no, en mi opinión, de las verdaderas causas que lo provocan. Me explico: Una mujer no tiene que renunciar forzosamente a su desarrollo profesional por el hecho de ser madre. Yo conozco a muchas madres que, por el hecho de serlo, incluso en varias ocasiones, no han tenido que renunciar a progresar en sus trabajos. Es cierto que esto supone una dificultad añadida, pero no es de recibo que en una sociedad tan avanzada como la japonesa, no se cuente con facilidades de todo tipo para que esto no sea un problema insalvable. El porcentaje de mujeres que no pueden compatibilizar sus carreras profesionales con la maternidad, debería ser mínimo en países desarrollados, y, si no lo es, no es por falta de medios, sino por una evidente falta de voluntad para solucionar este grave problema.


No parece que los expertos vislumbren otras causas que deriven en este hecho. Sin embargo, desde el punto de vista de la fe y a la luz de la palabra de Dios, es posible analizar este asunto desde otros puntos de vista:


1.- El desarrollo de los pueblos es un arma de doble filo que a todos se nos está yendo de las manos. Por un lado está muy bien que las personas tengamos acceso a los avances tecnológicos que nos facilitan las tareas cotidianas y nos hacen la vida un poco más agradable, pero esto deja de ser bueno cuando se ofrece y se usa de forma perversa. Los dispositivos móviles, internet, las redes sociales, están suponiendo una verdadera revolución en nuestra vida diaria, pero todos acabamos usándolos compulsivamente, lo que nos lleva a evitar el contacto directo con otras personas. Esto está provocando el que cada vez más personas estén solas y no se planteen salir de sus casas para relacionarse con otros semejantes.
Dijo Dios en la creación del mundo: "No es bueno que el hombre esté sólo", y creó a la mujer para estar junto a él. El hombre no ha sido creado para la soledad, sino para relacionarse directamente con otras personas. Una relación a través de una pantalla es un acto ficticio y alejado de lo que el hombre necesita.
Esta falta de cercanía física está provocando que muchos hombres y mujeres sólo se conozcan en la ficción, porque, en el afán de presentar nuestra mejor cara y, amparados en el anonimato, se acaban falseando las realidades de cada persona.


2.- Habría que preguntarse también la causa profunda que lleva a las parejas a no desear tener hijos o a conformarse con una descendencia mínima. Las promesas de felicidad que recibimos a diario a través de los medios de comunicación, basadas en tener, nos auguran un bienestar totalmente incompatible con el fin por el que Dios creó al hombre ("creced y multiplicaos"). El objetivo del hombre es la felicidad, es lo que todos ansiamos y hacemos lo que sea con tal de conseguir este objetivo, pero, ¿qué nos da la felicidad? Nos bombardean continuamente con los mejores coches, los seguros más ventajosos, las comidas más apetitosas (el fenómeno master chef y sus secuelas es absolutamente sorprendente), etc, etc, y llegamos a estar verdaderamente convencidos de que esto es así. Y para lograr esto es necesario tener el mejor trabajo, con el mejor sueldo posible.


Toda esta oferta provoca que el hombre no se plantee la generosidad como un valor primordial en su vida. La entrega es incompatible con el egoísmo al que nos avoca el deseo consumista. Hasta el hecho de ser padres se contempla de forma generalizada en el medio que nos lleva a una especie de realización personal como una parte de nuestras posesiones. Eso sí, en este aspecto somos poco ambiciosos, no vaya a ser que se nos complique la existencia en exceso.


Tener hijos supone dar la vida y renunciar a muchas cosas que nos gustan y que a mí, padre de seis hijos, me agradan tanto como al que más. Reconozco ser muy poco virtuoso y, desde luego, nada altruista. Sólo como receptor del amor de Dios, que ha bendecido enormemente mi vida, he podido trasladar una pequeña parte de ese amor a la mencionada paternidad. Es cierto que he tenido que renunciar a muchas cosas materiales, pero nunca me he sentido forzado por Dios en este aspecto ni en ningún otro. Todo ha sido para bien, especialmente mi matrimonio y mis hijos.

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