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Lunes, 15 Febrero 2016 11:01

Artículo 19

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EL anhelo y la libertad


"En Irán todas las mujeres son tigres". La frase, dicha así, fuera de contexto, puede dar lugar a equívocos. Pero pronunciada durante una entrevista sobre el auge de la cirugía plástica en la República Islámica revela el canon de belleza que impera en el país. Cejas tatuadas y afiladas en forma ascendente; mejillas tumefactas y labios rollizos y perfilados. Todo ello aderezado con un maquillaje excesivo que uniformiza los rostros y consagra el mito de la belleza oriental de las iraníes. "Existe una obsesión entre las mujeres por realzar el rostro, ya que es lo único que podemos mostrar".


Quien habla es Roya Jahan Shahi, cirujana plástica que trabaja con su marido en una clínica al norte de Teherán. Irán es el país del mundo donde se realiza anualmente un mayor número de rinoplastias. Más de 200.000 personas, la mayoría mujeres, pero cada vez más hombres, se operan la nariz cada año. No en vano, Teherán es conocida como la capital mundial de la rinoplastia. Hay quien lo considera una epidemia, y no parece exagerado, cuando en Irán es algo absolutamente normal que todas las mujeres de una misma familia se operen la nariz pasada la adolescencia, con independencia de su forma original, o que en un aula universitaria hasta cinco jóvenes lleven el esparadrapo del posoperatorio.


"Muchas mujeres que se operan tienen una baja autoestima. Ello se debe a las dificultades que sufrimos para que se nos valore por nuestros méritos. No podemos demostrar fácilmente nuestras habilidades, por ejemplo, en el deporte, en el trabajo, en la cultura, como científicas... Aunque cada vez tenemos más espacios de reconocimiento, es un hecho que las iraníes recurren a la belleza como un valor para destacar su persona. Tampoco ayuda que los hombres puedan cambiar fácilmente de pareja, con matrimonios temporales a los que sólo ellos, siendo casados, pueden acceder. La presión por gustar al otro sexo es muy alta. Los hombres quieren mujeres delgadas y esbeltas y muchas chicas viven acomplejadas", destaca Roya. A todo ello, la obligación de cubrirse la cabeza y ocultar las formas mediante camisas o blusones largos empuja a las mujeres a potenciar lo único que pueden enseñar. "El problema es que algunas chicas y mujeres adultas entran en un círculo obsesivo y encadenan operaciones o retoques estéticos hasta convertirlo en una adicción".


El marido de Roya, Mohammad-Reza, asiente con apariencia cansada cuando le pregunto si alguna vez se ha negado a realizar alguna intervención. «Por supuesto. Vienen jóvenes de 18 años a inyectarse botox o a ponerse labios, cuando sus labios tienen un tamaño normal y, por supuesto, el botox no está indicado a esa edad», sostiene. "La edad más común es en mujeres de entre 40 y 60 años, pero cada vez hay más jóvenes que piden intervenciones cuando no las necesitan en absoluto. ¡Yo les digo que están locas! La mayoría de las chicas lo hace para alardear, para presumir ante sus amigas de estatus social y nuevo rostro. Muchas de las pacientes demuestran inseguridades y buscan sentirse a salvo a través de la cirugía. Diría que en torno al 10% de las mujeres que vienen a la clínica tienen algún desorden psicológico y seguro que por mucho que se operen nunca estarán satisfechas", desgrana este doctor.


La costumbre de presumir sin rubor en los encuentros sociales y familiares tiene un significado específico en Irán, debido a la doble vida que lleva una parte importante de la población. Dado que en la calle es obligado guardar una apariencia recatada, en el interior de las casas es donde ellas potencian su cuerpo con ropa ajustada y extremada, se sueltan el pelo y ocultan la cara con una máscara espesa de maquillaje. Es en estos encuentros donde en lugar de tratar de ocultar la intervención, a muchas iraníes les reporta una satisfacción añadida poder decir que se han operado. "Sin duda, una de las principales razones por las que muchas mujeres se operan es para presumir. Lo primero que se busca es aparentar menos edad, pero después alardear de ello. La cirugía es sinónimo de estatus y por ello a muchas pacientes les encanta decir que han pasado por el quirófano o la aguja", asevera el cirujano.


Irán es una sociedad altamente clasista, donde la apariencia define al individuo por encima de su personalidad. Y a la mujer mucho más. Todavía tendrán que pasar años para que en Irán soplen vientos a favor de la emancipación de la mujer y surjan las críticas a la tiranía de la belleza y en defensa de los cuerpos "reales". Una realidad que no es en absoluto exclusiva de Irán, pero más de tres décadas viviendo bajo estrictas limitaciones en las relaciones entre hombres y mujeres han acentuado unos roles sexistas que, en el caso de las mujeres, pasan por sentir una preocupación extrema por mostrarse siempre perfectas.


"El marido de una paciente me dijo que le gustaría que se pareciera a Beyoncé", asegura Roya, aludiendo al comentario que el otro día le hizo un hombre en la clínica. "Por ello, muchas mujeres vienen con la expectativa de conseguir parecerse a una celebrity, lo cual demuestra claramente un desorden psicológico", puntualiza. Su marido interviene: "Las iraníes ven en internet y en los canales del satélite los rostros de las actrices americanas y sienten una obsesión por ese tipo de belleza que no tiene nada que ver con la belleza persa, por parecerse a ese estilo de mujer occidental". Este comportamiento demuestra que los intentos de las autoridades para que el estilo de vida occidental, incluido el look, no penetre en el país fracasaron hace tiempo.


Un joven ingeniero que se encuentra en la consulta durante las entrevistas, da su opinión. "La sociedad iraní está enferma. No podemos beber alcohol, no podemos divertirnos, no podemos vestir libremente... Imagínate una presa llena de agua. De pronto se abre una grieta. ¿Qué ocurrirá? Que el agua empezará a filtrarse violentamente. En Irán ha ocurrido lo mismo. En un ambiente lleno de limitaciones, en una sociedad extremadamente conservadora, entran con fuerza en cada hogar internet y las redes sociales y millones de chicas observan atónitas otro estilo de belleza. El resultado es una obsesión por alcanzar ese estilo".


Fareydoun Eslampour es un reconocido cirujano por cuya consulta, además de muchas mujeres -unas 700 cada año-, han pasado miles de hombres y niños mutilados. Irán, un país que entre 1980 y 1988 sufrió una de las peores guerras de la segunda mitad del siglo XX, cuenta con reputados cirujanos plásticos que se formaron reconstruyendo cuerpos. Es la otra cara de la cirugía, la reconstructiva, "que es la base de la plástica", precisa Eslampour, y ello explica por qué cada año acuden a la República Islámica cientos de extranjeros para entrar al quirófano a modelar alguna parte de su cuerpo. Unos precios más competitivos -un lifting cuesta unos 5.000 euros y una rinoplastia unos 2.000 euros, siempre según la clínica- y un talento indiscutible que se explica por un pasado de barbarie.


Este cirujano confirma las palabras de Roya en relación a la preocupación de las iraníes por potenciar su rostro para atraer como imanes a los hombres. "En Irán, actualmente, hay más mujeres que hombres y existe una competición entre ellas por seducir al otro sexo. Para conseguirlo sienten que tienen que ser más bellas de lo que son. Todo nos lleva a lo mismo", recalca el cirujano. El problema es que muchas veces los resultados no son los esperados y ahí empiezan las depresiones y las demandas judiciales.


Marjan, de 27 años, lo corrobora: "Me operé hace un año y la nariz sigue siendo demasiado grande. En cuanto pueda, volveré para hacerla aún más pequeña". Le pregunto si es estrictamente necesaria una segunda operación. "Por supuesto. De frente me gusta, pero de perfil es horrorosa, demasiado larga", zanja. Esta misma joven reconoce que sin maquillaje no sale de casa y resulta curioso observar cómo se pinta los labios de rojo pasión para ir a hacer la compra, al tiempo que se cubre de arriba abajo con chador cuando un vecino toca a su puerta. "Son las contradicciones de Irán. Vivimos inmersos en esta dualidad. Es muy duro vivir así", recalca.


Pero las cosas podrían estar cambiando. Eslampour asegura que aunque es cierto que la media de edad para operarse ha bajado, también ha detectado una caída en el número de intervenciones. "Las hay que vienen y repiten, pero noto que muchas piden retoques muy naturales. Es un hecho que las mujeres todavía se operan masivamente en Irán, pero he observado un retroceso en la tendencia en relación a años atrás y ello es porque muchos hombres empiezan a rechazar tanto maquillaje y prefieren rostros más naturales". Además, hay que tener en cuenta los efectos secundarios. "En el caso de una rinoplastia pueden ser enormes", precisa.

La obstinación por lucir un look moderno y rejuvenecido hace tiempo que alcanzó también a los iraníes. A mediados del pasado año, el régimen teocrático prohibió los peinados "satánicos" y la depilación masculina de cejas al considerar que fomentaban una apariencia que se alejaba de los cánones islámicos. De este modo, es muy frecuente ver por la calle a hombres con las tiritas indicativas de una rinoplastia en la nariz y con peinados imposibles sin toneladas de gomina. Del mismo modo, son cada vez más los hombres que acuden a clínicas a realizarse retoques para aparentar menos edad. Asimismo, los gimnasios para muscular (body bulding) se reproducen en todos los barrios de la capital. Pero para algunas mujeres, esta tendencia es nefasta y no son pocas las que creen que "los hombres de ahora están perdiendo hombría con tanto cosmético", comenta una iraní en la treintena.


Entretanto, la compulsiva obsesión por la belleza sitúa a Irán como el séptimo país del mundo en consumo de cosméticos y el segundo de Oriente Medio, solo por detrás de Arabia Saudí. Cada año, los y las iraníes gastan una media de unos 1.800 millones de euros en productos de belleza, lo que representa una tercera parte (29%) del mercado de productos de estética y maquillaje de todo Oriente Próximo (6.400 millones de euros). Ello arroja que cada iraní gasta una media de unos seis euros al mes en maquillaje y demás potingues, una cantidad nada despreciable cuando los salarios no superan muchas veces los 266 euros.


La afición por el maquillaje de las iraníes queda evidenciada en un lugar tan poco glamuroso como el metro de Teherán. La venta ambulante en sus vagones es la norma y no hay tren donde no se ofrezcan todo tipo de productos a los pasajeros. Mientras que en los vagones de hombres se venden auriculares, calcetines y cuchillas, en el de las mujeres se vende, por encima de todo, maquillaje. Lápices de ojos, barras labiales y sombras de ojos a precios más bajos que en las tiendas. Las pasajeras compran compulsivamente. Pero pese a su elevado consumo, el maquillaje no está permitido en todas partes. En la universidad, por ejemplo, se obliga a las estudiantes a retirarse el esmalte de uñas y a usar un tono claro de pintalabios si pretenden entrar en clase. El guardia de la entrada se encarga de revisar el atuendo y las manda al baño a retirar la pintura cuando lo considera.


Del artículo: Epidemia de cirugía estética en Irán


Leyendo este artículo, podemos quedarnos en la superficialidad de la noticia: A las mujeres en Irán les gusta seducir como al resto de mujeres de cualquier parte del mundo (como nos gusta a los hombres, no me vayan a tachar de machista a estas alturas). Por eso buscan presentar un rostro "perfecto" (el resto sólo se puede adivinar) y llegan a obsesionarse con esa operación milagrosa resultado de sus sueños.


Pero tras estos objetivos existe un trasfondo mucho más profundo que el que deriva de un simple proceso de seducción, y que parece deducirse de los comentarios de los entrevistados y del propio periodista: LA FALTA DE LIBERTAD. En Irán, como en todos los países teocráticos, la búsqueda de la perfección (ese es al menos el mensaje difundido por las autoridades competentes), justifica unas limitaciones que impiden la dignidad de las personas.


Aun partiendo de la base de que los ciudadanos de los países islámicos asumieran las normas impuestas como buenas en aras a mantener la decencia, el decoro, las buenas costumbres, etc, etc. Aunque el mundo occidental percibiera unos efectos beneficiosos en la aplicación de esas leyes, nada de eso podría justificar la falta de libertad de una sola persona. A nadie se le oculta el anhelo de libertad de personas como a las que alude este artículo. Ese anhelo puede presentarse en forma de apariencia física, de poder estudiar o trabajar donde y en lo que quieras o de poder elegir la religión que más pueda ayudarte en la vida, pero, en definitiva, todas estas aspiraciones se acaban convirtiendo en obsesivas por la falta de libertad de la persona.


Es verdad que Occidente, a mi modo de ver, se está convirtiendo en un caos como consecuencia de la relajación de valores, pero prefiero este caos, posible por la libertad que las raíces cristianas han otorgado al hombre a través de los siglos, que una sociedad purista y puritana que aparentemente (sólo aparentemente) consigue mantener ciertos valores a costa de anular al hombre y su libertad, como don que Dios le ha otorgado.

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