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Lunes, 30 Noviembre 2015 10:56

Artículo 13

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EL SILENCIO DE DIOS

Hoy traemos en este nuevo artículo un viejo cuento Noruego que algunos quizá no conozcan:
Cuenta una antigua Leyenda Noruega, acerca de un hombre llamado Haakon, que cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos acudían allí para pedirle a Cristo algún milagro. Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Le impulsaba un sentimiento generoso.


Se arrodilló ante la cruz y dijo: "Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz". Y se quedó fijo con la mirada puesta en la Efigie, como esperando una respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y amonestadoras: "Hijo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición". "¿Cuál, Señor?", preguntó con acento suplicante Haakon. "¿Es una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!", respondió el viejo ermitaño. "Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de guardar silencio siempre."

Haakon contestó: "¡Os lo prometo, Señor!" Y se efectuó el cambio. Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada.

Pero un día, llegó un rico y, después de haber orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vió y calló. Tampoco dijo nada cuando un pobre, que vino dos horas después, se llevó la cartera del rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la cartera. Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo: "¡Dame la bolsa que me has robado!". El joven, sorprendido, replicó: "¡No he robado ninguna bolsa!" "¡No mientas, devuélvemela enseguida!". "¡Le repito que no he robado ninguna bolsa!", insistió el muchacho. El rico arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte: "¡Detente! ..." El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven, increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado, y salió de la Ermita. El joven salió también porque tenía prisa para emprender su viaje.

Cuando la Ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le dijo: "Baja de la Cruz. No cumpliste tu palabra. No has sabido guardar silencio".

"Señor, dijo Haakon, ¿cómo iba a permitir esa injusticia?". Jesús ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la Cruz. El Señor siguió hablando: "Tú no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues llevaba en ella el dinero para pagar la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero, en cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él resultaría fatal: hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha perdido la vida. Tú no sabías nada. Yo sí. Por eso callo".

Y el Señor nuevamente guardó silencio.

Para complementar ésta reflexión recomendamos el libro de Pedro Guembe, "El silencio de Dios ante el dolor".  

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